Francisco Hernández: Cerdo o no ser, esa es la cuestión
Texto: Yendi Ramos
Foto:Iiteso.mx
Los que viven el aquí y el ahora descubren cosas como estas: un mango se come a solas, sin que nadie lo vea. Y uno disfruta cada milímetro de la pulpa y del color.
En una sociedad que pretende defender la moral monogámica, monoteísta, lo políticamente correcto, la abstinencia, la productividad y el conformismo, la poesía se impone como una forma de libertad. Esas formas de “amor” que abundan en las redes sociales, parecen estar sólo en las ensoñaciones de creadores que no quieren meter las manos en la mugre.
Por eso, tal como lo plantearon los brasileños en sus manifiestos, la poesía tendría que surgir desde la cárcel en la que hemos decidido estar. Y desde ahí, es posible maquinar lo “diferente”. En uno de los dos grandes manifiestos de Oswald de Andrade, el Antropófago, en la primera página reza la siguiente frase "tupi or not tupi that is the question".
¿Cerdo o no ser?, el más reciente libro de Francisco Hernández (Fondo Editorial de la Universidad Autónoma de Querétaro, 2022), es de una belleza ácida, penetrante: la transparencia en sus tonos más punzantes: “El que con puercos anda/ a hozar se enseña”. A los lectores y seguidores de la poética de Francisco Hernández y de Mardonio Sinta (el heterónimo que quizá habría parido Fernando Pessoa si hubiera nacido en Veracruz) no les va a sorprender esta jiribilla, la cual tiene trazos muy contundentes. Es como si Hernández y Sinta hubieran dado a luz a un solo ente: “No por mucho madrugar/ se amanece más marrano”. Es así y siempre ha sido la alquimia de Hernández, la de jugar con el lenguaje, hacerlo añicos y luego lograr que florezca en lo breve: la magia y la estocada del poema breve. Esa es una de sus maestrías. Ya recordarán ustedes aquella cubetada de agua fría en el libro Oscura coincidencia: “amor/ taja/ dos”.
En 2010 un grupo de jóvenes participamos en el taller de creación literaria que Francisco Hernández impartió en el hermoso espacio del Centro de las Artes de San Agustín (CaSa) impulsado por Francisco Toledo. Entonces también conocimos a Carlos Montemayor, Elsa Cross, Pura López Colomé, entre otros escritores. Esto fue el fruto de uno de los proyectos más bellos de esa época: Bosques sin senderos, ideado y gestionado por el poeta Ernesto Lumbreras en 2008.
Cuando vi a Francisco Hernández se me hizo una persona muy dura. Intercambiamos pocas palabras y me di cuenta que esa coraza era traspasada con facilidad. Lo primero que supe de él es que le gusta el beisbol. En 2013, después de haber leído más de él, le pedí que me diera una entrevista, pero el audio que obtuve no me dejó satisfecha. A esa figura le faltaban algunos trazos en mi dibujo. Hoy, no importa el día, les llevé a él y su esposa unos mangos. Y unos días después lo volví a torturar con preguntas.
YR: Dice Robert Graves en La Diosa Blanca que los poetas salvan la civilización. ¿Qué opina de esto?
FH: Porque son los poetas los que narran algo distinto. Si en la vida cotidiana ya no pasan cosas diferentes, los poetas son los que inventan, los que sueñan, los que recuerdan. En mi infancia, en el lugar donde nací (San Andrés, Tuxtla, Veracruz) estiraba la mano y cortaba un mango del árbol. Esa una forma de alcanzar algo distinto a mi cotidianidad.
Por eso, si se acaban los manglares, los ríos, los tamarindales, se acaban los recuerdos.
La poética de Francisco Hernández puede danzar de la sutileza de Geroge Trakl a los demonios de Robert Schuman, sonar como una sinfonía donde no sobra ni un silencio. La poética de Mardonio Sinta es el chilito en el limón, la delicia del doble sentido jarocho. Y algo tienen en común estos dos poetas: son irreverentes.
Desde aquella entrevista que le hice en 2013, y que no publiqué, han sido pocas las veces que he tenido la oportunidad de platicar con Francisco. Una de las anécdotas que más disfruté es la de la publicación de su poema “Gatarsis”.
FH: Ya no recuerdo la revista, ya no existe. El poema se llama “Gatarsis”. Resulta que iba a ver a una novia que tenía un gato. El gato me odiaba y siempre estaba friegue y friegue: se comía las flores, metía las patas bajo la puerta y rasgaba el piso, maullaba, tiraba floreros. Y eso… cuando estábamos a punto del amor. En una de esas pensé que ese gato merecía un castigo, debería de encerrarlo dentro de un costal, llevarlo a un árbol, colgarlo y apedrearlo.
El poema comienza así: “Todos los gatos son hijos de perra”. Y en algún momento continúa: “…Lo infalibe es meterlos en un costal, colgarlos de un árbol y apedrearlos”.
FH: Por supuesto que una señora escribió a la revista diciendo que a quien deberían de apedrear era a mí, que era protectora de los animales. No sé si especialmente de los gatos. Esta anécdota me dio risa. Claro que nunca metería a un gato en un costal, ni le lanzaría piedras. Era cierto que lo pensé porque no me gustaban los celos de ese gato, no me parecía que no me dejara besar a mi novia.
Sí le hice una entrevista en 2013 después de que ambos nos equivocamos de café. Afortunadamente nos encontramos en la zona mientras andábamos perdidos y confusos. Después nos reíamos pues quizá también nos equivocamos de época, de país, de colonia. ¿Será? Porque sí. Sentarse bajo el árbol o no, mirar el atardecer o no, defender nuestro derecho a la sensibilidad y la inteligencia o no, comerse un mango o no, cerdo o no ser. Esa es la pinches cuestión: “Una espina enterrada/ jamás me dejará sin caminar,/ aunque por un instante/ me siente para desenterrarla”.