Un poeta
¿Qué esperaban? Un poeta cogelón, todas mías que vive en el bosque hablando con hadas y duendes, no trabaja para sobrevivir y, además, la inspiración lo cobija por sobre todas las cosas con abundancia y pedas gratis. No. El poeta de Simón Mesa Soto es tu vecino que vive con su madre, al que le apesta el hocico y, cada vez que te ve, te pide dinero para la mota o la ballena. O, peor aún, te quiere leer su poema. El poeta de Simón Mesa Soto está dedicado tiempo completo a contemplar la miseria del hombre o, a veces, los matices del ser humano hacia la bondad, como animal herido que ya no tiene de otra. Este poeta sí lee los clásicos, trabaja todo el tiempo en encontrar el verso y tiene una hija de la que no puede ser padre. Ese el precio justo por extraer la belleza de la nigredo. ¿No? Hay quien ha decidido ser buen padre, buen ciudadano, buena persona y, además, poeta. ¡Qué avaricia!
El poeta del imaginario es el bien vestido, el de la banda Byron y compañía: meditando en una barca sobre un lago bajo la luna llena. El poeta de Latinoamérica es un ser miserable en donde la sensibilidad no le sirve de nada. Ni su familia, ni su entorno lo comprende porque no hay nada que comprender: es un fracasado, un ser que no soporta este infierno de la materia. Es la madre, una especie de bruja enfermiza que, al final, le recuerda al poeta su verdadera naturaleza: la nobleza. ¿Pero de qué sirve la nobleza en un mundo en donde la poesía es un lastre, una defensa de la belleza por sobre tanta mierda?
El director Simón Mesa Soto es un director intimista, sigue a sus personajes con un curiosidad morbosa. Así como en Un Poeta (2026), así lo hace también en Amparo (2021): la cámara es un testigo que no juzga. Los personajes de Simón Mesa Soto no son complacientes y sus escenarios no atienden la realidad de los medios de comunicación sino la de las calles donde la gente desaparece y los poetas son seres despreciables. ¿Por qué los poetas son seres despreciables? Porque ese es su rol. Coincido con el poeta oaxaqueño Azael Rodríguez: “la poesía no sirve para nada”, y es ahí, justo, en ese tufillo de putrefacción, ocio y espanto está su verdadera revolución. El poeta, el arquetipo, a veces se deja tentar por Dios, a veces por el Diablo. El poeta es un cipayo que juega a ser terrenal pero siempre está de rodillas ante lo celestial. Ahí su merecido castigo.
Dirección/ Simón Mesa Soto (2026)