Mi amante, el vocablo
Entrevista a la poeta mazatleca Julieta Montero
Texto: Yendi Ramos
Foto: CORTESÍA de Julieta Montero
Todos los caminos que puedan andar con facilidad las poetas en Sinaloa cuando se trata de hablar de erotismo se lo deben a Julieta Montero. En los años ochenta, la poeta mazatleca abrió un sendero con su libro Gramática de la piel, un camino que en aquella época resultaba espinoso y vergonzoso. ¿Cuál fue el costo de esta valentía estética? El prejuicio y el morbo de algunos lectores de ese entonces.
La obra de Julieta Montero, una pequeña parte reunida en Quizás agua (Instituto Sinaloense de Cultura, 2025), muestra la trayectoria amorosa, intelectual e íntima de una hija, de una esposa, de un ser cercano a la muerte y de una poeta que se hace preguntas sobre el quehacer de su oficio.
Su primer libro, Gramática de la piel fue ganador del Premio Gilberto Owen en 1987 y representó una bomba para la moral y el conservadurismo no sólo en Mazatlán sino en la Ciudad de México.
En entrevista, Julieta Montero narra que Gramática de la piel fue presentado en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México por Silvia Tomasa Rivera, una de sus primeras influencias literarias.
JM: Esa noche dormí sentada para no despeinarme. ¡Mi madre! Vas a Bellas Artes, pues te pones un traje bonito, elegantito, te peinas, te pones tus perlitas.
Narra Julieta entre sonrisas pícaras.
Quienes la conocemos, sabemos de su pulcra presencia y elegancia.
Julieta estaba preparada para lo que viniera en esa presentación. Ya le habían advertido sobre el posible bombardeo de preguntas sobre su libro, pues muchos jóvenes llegaron al evento para conocer a aquella mujer que escribía cosas como:
En ti y para ti, amado
vierto mi esencia de mujer
en la palabra de tu cuerpo.
¿Cómo era esa mujer que escribía sobre temas tan atrevidos y elevados de tono? Al término de la presentación un asistente levantó la mano.
—Disculpe, señora, yo le quiero decir algo. Para mí no hay congruencia entre lo que yo estoy leyendo aquí en su libro y la imagen que estoy viendo ahora. Porque aquí en el libro hay una mujer cachonda y usted es una hamburguesa que trae su collarcito de perlas y está muy peinadita —remató el asistente, intentando ridiculizar a Julieta.
YR: ¿Qué le respondió usted, maestra Julieta?
JM: Yo nada más le contesté: Soy mujer y siento como cualquier mujer.
El señor se quedó callado un momento como reseteándose, como acomodando nueva información en su cerebro limitado y terminó mostrando sus respetos a la señora.
¿Por qué esa mujer que escribía lo que escribía iba bien vestida y no se mostraba cómo las putonas del imaginario mexicano o las vulgares figuras del erotismo de Ripstein? Algo andaba mal. Pues Julieta era burguesa, según el círculo literario de la localidad. ¿Cómo podía escribir así? ¿A quién le escribía esas cosas tan ardientes?
Con los senos húmedos
libres al viento
llegué a ti
derramando mi lenguaje
sobre tu piel desnuda.
JM: Si te guías por las fechas Gramática de la piel fue un poema que escribí en mis tiempos de enamoramiento. Me acababa de casar y fue donde realmente estaba descubriendo el amor de pareja: cómo disfrutaba, ¡vamos!, la unión de hombre y mujer. Tuve el valor de escribir lo que yo sentía porque, de alguna manera, eran confesiones las que hacía a través de la poesía. Lo publiqué y después comenzó todo eso de… ¡Uy si mi abuela viviera, la volverían a enterrar! Porque cómo es posible que la Montero esté publicando estas cosas, del striptease, del acto sexual y de todo eso.
Pasando el huracán y ya con la puerta abierta a dinamita, vino en la obra de Julieta el libro Surcos del ayer (Premio Gilberto Owen 1988). En un tono más nostálgico este poemario aborda dudas sobre la existencia y la pérdida.
Julieta es la segunda hija de cinco. Ella es la que le sigue a su hermano mayor. A sus quince años vivió el movimiento agrario que repartió los latifundios en ejidos en zonas como La Noria, El Palmito, Villa Unión, Cacalotán, Chele, entre otras poblaciones. Esta repartición de tierras por parte del Gobierno hizo que la familia de Julieta tuviera que abandonar las haciendas que ellos habitaban. Julieta logró rescatar algunos objetos de más valor sentimental que económico como aguamaniles, baúles de la abuela, roperos, cubiertos.
JM: Recogí algunos santos y los restauré. Había santos porque cada hacienda tenía sus capillas. Recuperé lo que pude.
YR: ¿Cuántos años tenía usted cuando tuvo que abandonar la Hacienda?
JM: El día de mi cumpleaños 15 no hubo celebración. Mi padre me llevó a misa, me regaló un brillantito y saliendo de la iglesia, con maletas en carro, nos fuimos de la Hacienda.
YR: Como una de las hijas mayores ya eras muy consciente de todo lo que sucedía.
JM: Sí, viví en carne propia todo ese proceso. Viví cómo mi padre perdió parte de su herencia, parte de su mundo, de su patrimonio. En ese momento todo cambió para nosotros.
Después del enamoramiento plasmado en Gramática de la piel Julieta Montero comenzó a tener nostalgia por esta parte de su vida.
JM: En Surcos del ayer comencé a recordar todo lo que perdí: mi infancia y a hacerme preguntas como ¿dónde quedó mi atrás?
El prólogo de la primera edición de Surcos del ayer fue escrito por la poeta y ensayista mexicana Elva Macías. Este poemario fue llevado a escena y musicalizado por un grupo de artistas, originarios de la Ciudad de México pero con fuerte presencia en Mazatlán, como Rebeca Llamas y Javier Chimaldi. La dirección estuvo a cargo de Julieta Montero.
Será en Rostro de palabra en donde veremos a una Julieta Montero, ya de 38 años, con cuestionamientos severos sobre el oficio de poeta.
JM: Después de Vientre y Océano: mar, amor, caracol a cuerpo, vino Rostro de palabra, en donde me digo, bueno ya estoy metida en esto pero, ¿qué hago?, ¿qué estoy escribiendo? Al final son poemas, pero ¿qué son estos poemas? Y ahí seguí día tras día. ¿A quién le importa este trabajo? ¿Algún día alguien los leerá?, y entonces…
Nutro mis palabras día tras día
¿A quién le importa este trabajo?
Escribo poemas
Algún día como éste
alguien los leerá
sólo entonces
tendré
descendientes
en la tierra.
Somos, sí, sus descendientes; descendientes literarios que, en la orfandad y soledad que cobija el quehacer poético, buscamos un refugio de amor y de pasión en el lenguaje.
YR: ¿Por qué es importante cuestionarse sobre el quehacer poético?
JM: El cuestionamiento de la poesía es una pregunta fundamental. ¿Por qué me dedico a esto? ¿Vale la pena todo esto?
YR: ¿Qué es “todo esto”?
JM: El cansancio, los desvelos, las horas sentada, el tabaquismo, que la circulación te empiece a fallar en las piernas, buscar la luz y un buen espacio en donde estés más cómoda para escribir. Todas las adicciones o aflicciones para estar atento y en vigilia.
YR: En Rostro de palabra tienes versos como “el amante del vocablo”, ¿la poesía es como un amante?
JM: La poesía es un amante, un vocablo es un amante, me seduce, se vuelve mi amante. La poesía se volvió mi amante en esa época. Mi esposo, Fili, le tenía horribles celos. Decía: “Vente a acostar, aquí estoy yo, hazme caso ya a mí”, pero yo no podía parar de escribir. Yo ya tenía más de 17 años de casada, voy a cumplir 50 años, para esas fechas ya se me había pasado toda la emoción que puedes tener al disfrutar todos los placeres habidos y por haber, mis hijos ya estaban grandes. En cambio, este amante, es siempre seductor, siempre me está diciendo “vente, vente, vente, aquí estoy, apapáchame, chiquéame, provócame, rásgame, préndeme”. Una vez que empezaba ya no podía parar, me emocionaba tanto que me desvelaba con mi amante y mis otras compañías como el cigarro y la coca cola. Fili terminó por aceptar la situación y ya no me decía nada: sólo me cambiaba el cenicero y me servía más coca.
Con el tiempo a Don Fili le fue gustando eso de encarnar a la musa de los textos de Julieta.
YR: ¿Sigue, hasta la fecha, ese amante con usted?
JM: Ese amante está ahí, nunca se ha ido.
La obra de Julieta Montero es inmensa. Hasta la fecha publica cada miércoles en el periódico El Noroeste y la gente la detiene en las calles para agradecerle por decir lo que nadie se atreve a pronunciar.
Después de Rostros de palabra escribió un poemario verdaderamente conmovedor. Se trata de Canto final, versos que Julieta Montero realizó cuando tuvo cáncer. Al pensar que no viviría para contarlo creó una especie de réquiem.
JM: Me imaginaba mi funeral, cómo iba a llegar, a contar lo que había vivido con mis muertos: mi papá, mi abuela, con mi mamá y… mi muerte. En este libro junté a mis muertos y a mi muerte.
El registro poético de Julieta Montero es enorme. Estudió Letras Españolas en la Universidad Autónoma de Guadalajara y en sus libros inéditos cuenta con un bellísimo poemario donde reunió alrededor de 50 canciones medievales, el cual fue resultado de un seminario impartido por Margit Frenk en Mazatlán.
La fuerza de la poesía de Julieta Montero está en la supuesta sencillez de sus versos. Lo hace parecer tan fácil que cualquiera pensaría que, eso que escribe, lo puede hacer cualquiera. Sin embargo, el trabajo interno intelectual y espiritual de la poeta le han provocado muchas noches de desvelo, cuestionamientos ácidos sobre sí misma y su entorno.
Julieta Montero fue fundadora, junto con poetas como Nino Gallegos, del taller literario Inés Arrendo que duró un poco más de diez años.
YR: Maestra Julieta, ¿cómo atrapa las imágenes?
JM: Viene la imagen, la capto. La veo y en friega. Si no la capto, se vuela, se desvanece. Tienes que captar la imagen en el momento preciso como si se tratara de una fotografía instantánea. A veces no te sale la imagen tal y como la tenías en la cabeza porque el poema te llevó para otro lado. O, simplemente, cuando lo estás escribiendo oyes una música, escuchas otra cosa que puede cambiar el panorama: un portazo; hueles un perfume o, simplemente, pasó volando una mosca. Es cansado.
A Julieta Montero la poesía llega a visitarla en las madrugadas.
JM: A veces te acuestas pensando en una cosa y en la madrugada te despiertas, enciendes la luz. En silencio, agarras el cuaderno que tienes en la mesita de noche. Escucho la voz de Fili que me dice: “¿Qué tienes?” Es que se me vino una idea, le digo. Pero no puedo dejarlo para el otro día porque en ese momento se te reveló algo, porque la poesía, además de trabajo, también es revelación.
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